Escribir sobre un lugar en el que apenas has pasado un par de días tiene su aquel. Supongo que  en el caso de San Diego su fama se debe más al hecho de ser el alter ego rico de Tijuana, la ciudad mexicana que está al otro lado de la frontera, que a otra cosa. Pero este visitante tenía referencias de dos residentes del lugar. Era cuestión de un vuelo de hora y media así que me decidí a pasar el fin de semana allí.

 Lo primero que te prometen es que el de San Diego es el “mejor clima del mundo”. Tal aseveración tiene todo de subjetiva porque uno sigue sin imaginarse unas navidades sin el frio siberiano de la meseta castellana. San Diego supuestamente disfruta de una temperatura suave, con pocas variaciones térmicas. En todo caso, supongo que para comprobar tal afirmación lo mejor sería mudarse allí y hacer trabajo de campo. Todo se andará.

Lo que es el “centro” de la ciudad, el Downtown, parece estar reservado casi exclusivamente a oficinas por lo que su visita en domingo -como fue el caso del que escribe- da la sensación de estar en un desierto sólo aliviado por los alaridos de los aficionados que ven fútbol americano en los pubs.

La brevedad de la visita no me permite visitar algunos de los hitos turísticos de la ciudad, como el zoo o Sea World (uno de los más famosos espectáculos -con animales- acuáticos del mundo). Buena excusa la de la falta de tiempo cuando lo que se quiere es descubrir aquello que no todo el mundo conoce o simplemente relajarse.

Las playas. Kilómetros de fina arena y ausencia total de tiendas de toallas, souvenirs y cassettes de Los Manolos (esto último del todo comprensible). Un alivio si uno ha tenido la desgracia de ver el antes y después del otrora paradisiaco litoral hispano. Por cierto, aquí las paisanas tienen vetado el mostrar los pechos al personal. ¿Puritanismo, liberación sin finalizar?

fotografía: by Joe_B